1.11.12

Globalización y Comercio Internacional


Si se tuviera que resumir las variables que hacen al fenómeno de la globalización, habría que identificar como una causa profunda del mismo la actividad desplegada por las grandes corporaciones mundiales en pos de la distensión mundial y el término de la guerra fría.
La “Trilateral Commission” fue el centro de confluencia de los intereses corporativos supranacionales, que necesitaban un escenario mundial de apertura, que apuntara a la expansión de la economía de mercado hacia el hemisferio oriental del planeta, permitiendo la fluida circulación del capital y la tecnología, con una desregulación del comercio internacional de mercancías.

La política hacia el Este impulsada por el Mercado Común Europeo, las inversiones de la Fiat y la Pepsi en la Unión Soviética, fueron tan importantes como el suministro de tecnología electrónica en comunicaciones realizada por la ITT al comienzo de los setenta. La influencia de las fuerzas corporativas en el gobierno estadounidense ha sido clarísima, pues en ella se han formado líderes republicanos o demócratas que han llegado a la Presidencia de Estados Unidos, compenetrados con una visión planetaria de imperio, impulsando la implantación global del libre comercio, con reglas para la protección de sus inversiones en ultramar y condiciones seguras para la expansión de su economía hacia nuevos territorios.

Simultáneamente, como forma de lograr potenciar su competitividad mundial, las corporaciones influyeron para que se constituyeran bloques regionales que favorecieran la proyección de sus exportaciones de bienes y servicios. En los ochenta la triada del poder mundial estaba representada por las economías de Japón y su periferia, los Estados Unidos, México y Canadá, que construían el Nafta, y las economías de Alemania y Francia impulsando la Unión Europea. La política mundial durante los ochenta fue marcando una expansión de los bloques regionales, con la participación de Japón en la inversión directa. Cuando cae el sistema de economía centralmente planificada y desaparece la URSS, se consolida en la economía mundial el liberalismo corporativista, que logra colocar en la Agenda del GATT los temas que permitirían ordenar un sistema global de relaciones económicas, caracterizado por la desregulación y apertura de las economías en una serie de aspectos que nunca antes se habían colocado como materia de las negociaciones internacionales: la apertura y trato nacional a las inversiones extranjeras; la eliminación de los subsidios agrícolas, conductas estandarizadas respecto a compra pública, a inversiones, con una proyección arancelaria que favoreciera el libre comercio.

Abrir las economías del mundo a la libre circulación de los servicios, cuidando los derechos de propiedad intelectual, es algo que viene a sentar las bases de un sistema económico mundial que refleja plenamente los intereses corporativos de las multinacionales. Evidencia de esto es el celo por mantener fuera del control estatal el mercado de capitales global, el hecho de que se protejan aquellos factores que marcan la diferencia en materia de competencia, como lo son la innovación productiva y la aplicación de mecanismos de liberación comercial para permitir que todos los países del orbe se abran como potenciales espacios de concurrencia para el proyecto corporativista global.

Cabe apuntar, además, que la reconversión de las tecnologías generadas en la guerra fría hacia los espacios civiles y empresariales, significó que en los mercados tecnológicos se generaran sucesivas revoluciones, en especial en materia de biotecnología, telecomunicaciones e Internet. Esta rápida expansión de las tecnologías a nivel global puso un telón de fondo a todo el proceso social y económico de la globalización, ya que impuso requerimientos a todas las economías para incorporarse a las nuevas corrientes globales de comercio.

En 1994 culmina la rueda de negociaciones multilaterales del GATT denominada Ronda Uruguay, que transcurrió en todo el período de grandes cambios políticos mundiales. Al concluir esta ronda del GATT se había organizado, con la presión de los países mayores, un nuevo orden económico y una nueva institucionalidad denominada Organización Mundial del Comercio, OMC, que consolida todas las materias de interés para la economía mundial contemporánea, aportando un sistema de Solución de Diferencias que ha traído una mayor equidad al comercio, pues países menos desarrollados han podido exigir la corrección de medidas arbitrarias a países mayores, lo cual ha aportado reglas de conducta que nunca antes habían existido.

La incorporación de China continental a la OMC ha sido un hito relevante para este nuevo orden global de relaciones. Sin embargo, al haberse dejado fuera de acuerdo el tema medio ambiental, se han ido generando sucesivas protestas en las cumbres de la OMC, las cuales dan cuenta del descontento de amplios sectores sociales frente al orden establecido, por las asimetrías que contiene y el bajo margen de maniobra que deja el sistema liberal a los Estados para modificar sus políticas públicas en materia de comercio, servicios e inversiones. Además, se han impuesto compromisos en materia de compra pública y protección de los derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio.

El sistema liberal global es el anfiteatro en el cual compiten las corporaciones multinacionales para alcanzar el liderazgo global. Se ha planteado que estar entre los “Top 3” asegura permanencia en el mercado global, pero bajar de ese nivel implica desaparecer. El sistema apunta a la concentración del poder y la riqueza y los países sólo pueden actuar con relativa soberanía dentro del orden establecido, si la institucionalidad del Estado Nación es fuerte, transparente y moderna.

Existen grandes debilidades para que el Estado pueda actuar en el plano empresarial, pues la doctrina implícita en el orden mundial es que el Estado tenga mínima participación. Por otra parte, en el seno de las Naciones Unidas no ha habido nunca capacidad política para fijar códigos de conducta a las multinacionales, las cuales ejercen una presión sistemática sobre los sistemas políticos para asegurarse beneficios. Y si lo hacen sobre Estados corruptos se da una situación muy peligrosa para las comunidades nacionales, sobre todo en materia de defensa de intereses nacionales de largo plazo, como la preservación del medio ambiente o la disposición racional de recursos renovables.

El sistema global no es aceptado con beneplácito por los países menos desarrollados, pues sufren el control de los organismos reguladores y fiscalizadores, como la OMC, el FMI o el Banco Mundial, que controlan sus políticas y les hacen seguir reglas internacionales de conducta fiscal y monetaria. Dentro de esta realidad, la capacidad de inserción depende de la consistencia que tengan las políticas nacionales con el orden global. Es el caso de Chile, que ha abierto unilateralmente su mercado para obtener en reciprocidad espacios para sus productos de exportación. Lo lamentable es que se haya postergado en Chile la política de diversificación y crecimiento cualitativo exportador, que se diseñara como plan de gobierno al término del régimen militar, en 1989, por lo cual se ha mantenido un perfil exportador primario, con un modelo extractivo que ha tenido efectos que deberemos pagar en el largo plazo.
Hernán Narbona Véliz

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